domingo, 15 de julio de 2018

¡LA ISLA ES NUESTRA!



Comenzamos nuestro fin de semana como Dios manda, participando en la eucaristía. Hoy, de nuevo, celebraba el P. Ronald, quien, como siempre, nos sorprendía con una homilía de lo más peculiar, hablando del cuerpo incorrupto de San Camilo, del alfabeto hebreo sin vocales y de cómo Isaías sólo podía ver el pompis de Dios. Después de desayunar, comienza nuestro plan de fin de semana: ¡vamos a la playa oh oh oh oh oh! Esther tiene que quedarse en casa porque está haciendo un curso de dirección. We will miss you!
Cuando llega el chófer, ponemos dirección norte, no sin antes encomendarnos a M. Emilia Horta, para que no nos llueva.
Por el camino, de un verde intenso, vamos cruzando muchos tramos de obras, inmensos campos de caña de azúcar y pequeños poblados. ¡Hasta por Murcia pasamos! Pero algunas no estaban demasiado interesadas en el paisaje…





A medida que nos acercamos a la montaña, el camino se llena de curvas, subidas y bajadas, poniendo a prueba nuestra capacidad para mantener el desayuno donde debe estar, pero merece la pena, porque las vistas son espectaculares.



Después de tres horas de montaña ruso-filipina, llegamos a la ciudad costera de San Carlos y hacemos una parada en el lugar donde vive la familia que nos dejará la casa de la playa. Aprovechando que estamos en la costa, digamos que… ¡tela marinera!¡Qué preciosidad de lugar!¡Menudo jardín tan bonito! 




Allí recogemos la comida y los utensilios que necesitaremos para pasar el fin de semana y también se nos une Mrs. Josephine, una amiga de las sisters desde que éstas iniciaron la misión en Bacolod ya que ella y la otra generosa familia fueron quienes dirigieron las obras de la escuela. Con todo lo que necesitamos, nos dirigimos hasta el puerto, donde cogeríamos el barco –también propiedad de la generosa familia- para dirigirnos a la isla donde está la casa de la playa.¡Qué maravilla de travesía! Realmente era para deleitarse en la belleza de la creación.







Y así llegamos a la isla, donde nos espera un tricycle para llevarnos hasta la deseada casa. Gran sorpresa cuando, al llegar, no encontramos sólo una casa, sino una especie de resort, que, como podéis ya imaginar, pertenece a la generosa familia. ¡Esto es el paraíso! Preciosas casas de bambú y coco, unas vistas que serenan el alma… ¡Muchísimo más de lo que podíamos imaginar!¡Qué bendecidas estamos!










Josephine nos dice que la isla es nuestra. ¡Pasma’os, cielos! Que no nos lo digan dos veces, que nos quedamos todo el verano. Al final resulta que no era sólo nuestra, porque también estaba el alcalde de San Carlos con su familia, que, para no quedarse atrás en generosidad, nos regala dos salmonetes para comer. Y también otro grupo que habían ganado las elecciones de un barangay y, para celebrarlo, se pasaron ¡7 horas seguidas de karaoke!¡Qué repertorio, madre mía!
Como no podía ser otra manera, disfrutamos también de una opípara comida. El lechón con salsa barbacoa a la brasa que hacen en Filipinas es más que delicioso. Merece la pena hacer un viaje a este país para probarlo.



Y después de comer, aprovechando que sale el sol, ¡al agua, patos! Aquí no hay línea de playa, pero no importa. Disfrutamos del agua, que está de maravilla.


Nuestro objetivo es llegar a una especie de chiringuito que está dentro del agua. Intentamos por el camino corto, pero es propiedad privada, así que May Ann tiene que pedir permiso para pasar. Resulta que están construyendo un pedazo caserón enorme ahí, pero, mira tú por dónde, aún no habían construido las escaleras para bajar a la playa, así que nos damos la vuelta y, como a perseverantes no nos gana nadie, llegamos al chiringuito caminando por el agua. ¡Qué tranquilidad! Parecía como si estuviésemos navegando. 



Pero ¡oh sorpresa! A los 10 minutos la marea comenzó a bajar y empezaron a llegar lugareños que recogían algas y conchas. Pudimos dar un paseo mar adentro y fue impresionante ver tantas estrellas de mar, erizos de mar, coral…







Cuando comenzó a atardecer, preparamos la cena, a base de embutido español, y descubrimos que, además de nosotras, hay más fans del embutido: todos los perros y gatos de la zona, especialmente uno que no se va ni a escobazos.



Al empezar la cena, tenemos la suerte de que se les acaba el repertorio a los del karaoke, peeeeeerooooo, los obreros que están trabajando en la propiedad tienen como costumbre celebrar aquí una fiesta los sábados, porque es el día que reciben su salario, así que la música continúa.
Terminamos nuestro sorprendente día isleño con unas cuántas partidas de UNO que hacen que nos salgan agujetas en la tripa de tanto reírnos.



¿Terminamos…? Bueno, eso sería lo normal: haber ido a las tres cabañas donde nos repartimos para dormir y terminar el día plácidamente, pero no fue así. Unas, por los paseos nocturnos cambiando de lugar para dormir, otras, por los gallos y los toques en la puerta, y otras porque uno de los obreros, que se había pasado de cervezas durante la fiesta, decidió echarse a dormir junto a la pared de la cabaña, que, siendo de caña trenzada, no se caracteriza precisamente por su insonorización, así que se llevaron una buena ración de ronquidos, pedos y gruñidos. 



¡Qué le vamos a hacer! No hay mal que por bien no venga, y esos jaleos nocturnos permitieron que nos echáramos unas buenas risas en el desayuno, durante el cual, para no perder las buenas costumbres, probamos otro plato típico: sticky rice –arroz pegajoso-


Bien desayunadas nos fuimos a misa a la iglesia de Nuestra Señora Estrella del Mar, unas en el tricycle y otras en motocicleta. El camino fue muy interesante, recorriendo la isla de Sipaway, -que así se llama nuestro paraíso particular- y viendo las edificaciones típicas del lugar y hasta un árbol centenario, símbolo de la isla, que se encuentra en el patio del colegio público. 









Al comenzar la eucaristía, el sacerdote, P. Mark, nos dio la bienvenida y dijo que la homilía sería en inglés, para que pudiésemos enterarnos de algo, pero, en realidad, hizo un batiburrillo entre inglés y visaya, que es la lengua que se habla aquí. ¡Otra experiencia de iglesia misionera!



Cuando regresamos de misa, hacía el tiempo perfecto para bañarnos, porque la marea estaba alta, así que disfrutamos de sol y agua. Mejor no pudo ser, porque, nada más terminar de comer nuestro super pollo a la brasa –es nuestra venganza personal por las noches que nos dan…- se abrieron los cielos y comenzó a diluviar. ¿Cómo nos íbamos a marchar de aquí sin experimentar, también, tormenta de Sipaway?



El mismo barco nos estaba esperando, y, esta vez, pudimos apreciar más la pericia de los marineros para maniobrar. 







Fuera del barco, dentro del coche y listas para hacernos otras tres horitas de montaña rusa jarreando que se prolongan porque no sólo llueve a cántaros, sino que también hay tramos con niebla y algunos con la carretera inundada. Gracias a Dios y a la habilidad de nuestro chófer, llegamos a casa sanas y salvas, felices y agradecidas por este fin de semana que será inolvidable.


P.D. Así da gusto escribir el blog...








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