Comenzamos
nuestro fin de semana como Dios manda, participando en la eucaristía. Hoy, de
nuevo, celebraba el P. Ronald, quien, como siempre, nos sorprendía con una
homilía de lo más peculiar, hablando del cuerpo incorrupto de San Camilo, del
alfabeto hebreo sin vocales y de cómo Isaías sólo podía ver el pompis de Dios. Después
de desayunar, comienza nuestro plan de fin de semana: ¡vamos a la playa oh oh oh oh oh! Esther tiene que quedarse en casa porque
está haciendo un curso de dirección. We will miss you!
Cuando llega el
chófer, ponemos dirección norte, no sin antes encomendarnos a M. Emilia Horta,
para que no nos llueva.
Por el camino, de
un verde intenso, vamos cruzando muchos tramos de obras, inmensos campos de
caña de azúcar y pequeños poblados. ¡Hasta por Murcia pasamos! Pero algunas no
estaban demasiado interesadas en el paisaje…
A medida que nos
acercamos a la montaña, el camino se llena de curvas, subidas y bajadas,
poniendo a prueba nuestra capacidad para mantener el desayuno donde debe estar,
pero merece la pena, porque las vistas son espectaculares.
Después de tres
horas de montaña ruso-filipina, llegamos a la ciudad costera de San Carlos y
hacemos una parada en el lugar donde vive la familia que nos dejará la casa de
la playa. Aprovechando que estamos en la costa, digamos que… ¡tela
marinera!¡Qué preciosidad de lugar!¡Menudo jardín tan bonito!
Allí recogemos la
comida y los utensilios que necesitaremos para pasar el fin de semana y también
se nos une Mrs. Josephine, una amiga de las sisters desde que éstas iniciaron
la misión en Bacolod ya que ella y la otra generosa familia fueron quienes
dirigieron las obras de la escuela. Con todo lo que necesitamos, nos dirigimos
hasta el puerto, donde cogeríamos el barco –también propiedad de la generosa
familia- para dirigirnos a la isla donde está la casa de la playa. ¡Qué maravilla de travesía! Realmente era para deleitarse en la belleza de la creación.
Y así
llegamos a la isla, donde nos espera un tricycle para llevarnos hasta la deseada
casa. Gran sorpresa cuando, al llegar, no encontramos sólo una casa, sino una
especie de resort, que, como podéis ya imaginar, pertenece a la generosa
familia. ¡Esto es el paraíso! Preciosas casas de bambú y coco, unas vistas que
serenan el alma… ¡Muchísimo más de lo que podíamos imaginar!¡Qué bendecidas
estamos!
Josephine nos
dice que la isla es nuestra. ¡Pasma’os, cielos! Que no nos lo digan dos veces,
que nos quedamos todo el verano. Al final resulta que no era sólo nuestra,
porque también estaba el alcalde de San Carlos con su familia, que, para no
quedarse atrás en generosidad, nos regala dos salmonetes para comer. Y también
otro grupo que habían ganado las elecciones de un barangay y, para celebrarlo,
se pasaron ¡7 horas seguidas de karaoke!¡Qué repertorio, madre mía!
Como no podía ser
otra manera, disfrutamos también de una opípara comida. El lechón con salsa
barbacoa a la brasa que hacen en Filipinas es más que delicioso. Merece la pena
hacer un viaje a este país para probarlo.
Y después de
comer, aprovechando que sale el sol, ¡al agua, patos! Aquí no hay línea de
playa, pero no importa. Disfrutamos del agua, que está de maravilla.
Nuestro
objetivo es llegar a una especie de chiringuito que está dentro del agua.
Intentamos por el camino corto, pero es propiedad privada, así que May Ann
tiene que pedir permiso para pasar. Resulta que están construyendo un pedazo
caserón enorme ahí, pero, mira tú por dónde, aún no habían construido las
escaleras para bajar a la playa, así que nos damos la vuelta y, como a
perseverantes no nos gana nadie, llegamos al chiringuito caminando por el agua.
¡Qué tranquilidad! Parecía como si estuviésemos navegando.
Pero ¡oh sorpresa! A
los 10 minutos la marea comenzó a bajar y empezaron a llegar lugareños que
recogían algas y conchas. Pudimos dar un paseo mar adentro y fue impresionante
ver tantas estrellas de mar, erizos de mar, coral…
Cuando comenzó a
atardecer, preparamos la cena, a base de embutido español, y descubrimos que,
además de nosotras, hay más fans del embutido: todos los perros y gatos de la
zona, especialmente uno que no se va ni a escobazos.
Al empezar la
cena, tenemos la suerte de que se les acaba el repertorio a los del karaoke,
peeeeeerooooo, los obreros que están trabajando en la propiedad tienen como
costumbre celebrar aquí una fiesta los sábados, porque es el día que reciben su
salario, así que la música continúa.
Terminamos
nuestro sorprendente día isleño con unas cuántas partidas de UNO que hacen que
nos salgan agujetas en la tripa de tanto reírnos.
¿Terminamos…?
Bueno, eso sería lo normal: haber ido a las tres cabañas donde nos repartimos
para dormir y terminar el día plácidamente, pero no fue así. Unas, por los
paseos nocturnos cambiando de lugar para dormir, otras, por los gallos y los
toques en la puerta, y otras porque uno de los obreros, que se había pasado de
cervezas durante la fiesta, decidió echarse a dormir junto a la pared de la
cabaña, que, siendo de caña trenzada, no se caracteriza precisamente por su
insonorización, así que se llevaron una buena ración de ronquidos, pedos y
gruñidos.
¡Qué le vamos a hacer! No hay mal que por bien no venga, y esos
jaleos nocturnos permitieron que nos echáramos unas buenas risas en el
desayuno, durante el cual, para no perder las buenas costumbres, probamos otro
plato típico: sticky rice –arroz pegajoso-
Bien desayunadas
nos fuimos a misa a la iglesia de Nuestra Señora Estrella del Mar, unas en el
tricycle y otras en motocicleta. El camino fue muy interesante, recorriendo la
isla de Sipaway, -que así se llama nuestro paraíso particular- y viendo las
edificaciones típicas del lugar y hasta un árbol centenario, símbolo de la
isla, que se encuentra en el patio del colegio público.
Al comenzar la
eucaristía, el sacerdote, P. Mark, nos dio la bienvenida y dijo que la homilía
sería en inglés, para que pudiésemos enterarnos de algo, pero, en realidad,
hizo un batiburrillo entre inglés y visaya, que es la lengua que se habla aquí.
¡Otra experiencia de iglesia misionera!
Cuando regresamos
de misa, hacía el tiempo perfecto para bañarnos, porque la marea estaba alta,
así que disfrutamos de sol y agua. Mejor no pudo ser, porque, nada más terminar
de comer nuestro super pollo a la brasa –es nuestra venganza personal por las
noches que nos dan…- se abrieron los cielos y comenzó a diluviar. ¿Cómo nos
íbamos a marchar de aquí sin experimentar, también, tormenta de Sipaway?
El mismo barco
nos estaba esperando, y, esta vez, pudimos apreciar más la pericia de los
marineros para maniobrar.
Fuera del barco, dentro del coche y listas para
hacernos otras tres horitas de montaña rusa jarreando que se prolongan porque
no sólo llueve a cántaros, sino que también hay tramos con niebla y algunos con
la carretera inundada. Gracias a Dios y a la habilidad de nuestro chófer,
llegamos a casa sanas y salvas, felices y agradecidas por este fin de semana
que será inolvidable.
P.D. Así da gusto escribir el blog...































































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